lunes, 5 de mayo de 2014

"EL CEREBRO EMBARAZADO": PSICOLOGÍA DEL EMBARAZO



Capaz de perdonarlo todo. Capaz de no guardar rencores. Capaz de pasar por infinitas penurias para proteger y defender aunque ello implique dejar sangre, sudor y lágrimas. Capaz incluso de dar la vida. Una madre es el único ser que ama incondicionalmente. Esto es; sin condiciones, sin medida y durante toda la vida. Nos preguntamos ¿Por qué es tan potente y particular este sentimiento? ¿Cuándo nace? Y ¿Por qué se mantiene? La respuesta estriba en un conglomerado de factores biológicos y psicológicos que hacen que el cerebro sea exclusivo, que responda a los dictámenes de la evolución y que forje el vínculo más firme e intenso que existe para con su descendiente.

Dicen que la maternidad te cambia la vida, y ciertamente hay una explicación muy concreta para entender esta cuestión. Lejos del tiempo dedicado al bebé, las preocupaciones por su bienestar y un sinfín de puntos que conlleva ser madre, estamos ante un argumento cerebral. Desde el inicio, ya en el embarazo, se dan cambios en el cerebro a nivel estructural, funcional y otros de difícil descripción. La naturaleza asegura la supervivencia de la especie y para ello adaptará a la mujer con sutiles e irreversibles cambios. Los circuitos cerebrales de la hembra responderán en todo momento a las demandas de la nueva criatura, aunque ella aún mida dos centímetros en su vientre. Un cerebro atento, se encargará de cambiar las prioridades de la madre y focalizará todas sus funciones, no solo en el bienestar del futuro neonato sino en generar un lazo entre él y su mamá, que durará para siempre.

Otro tópico afirmativo es el del “deseo maternal”, aun sin haber concebido. La biología es tan savia que es capaz de proporcionar síntomas maternales a mujeres que desean tener hijos. Estos síntomas actúan igual que si la mujer estuviera en cinta. Por otra parte, este anhelo puede despertarse con solo acunar a un recién nacido de otra mujer y de fantasear con una maternidad propia. Entonces eso que dicen muchos hombres de que sus mujeres ven a amigas y les coge la prisa por tener hijos es cierto. El cerebro ha hecho un cambio y pide frutos. ¿La magia? Las feromonas que desprende un bebé con su distinguido olor  y que puede captar cualquier mujer y la oxcitocina que inducirá al deseo de tenerlo.

El esplendor  de este ilustre cerebro, se inicia en la concepción y su vigor es tan formidable que es capaz de modificar la manera en la que piensa y siente una mujer en todas las áreas de su vida. Lo hace a través de los circuitos cerebrales y de la segregación de “neurohormonas provenientes del feto y la placenta” pero eso no es todo; la progesterona aumenta (de diez a cien veces su nivel normal)  en el aparato circulatorio de la dama, el sueño acude y la sed y el hambre se adueñan de las necesidades de ella. El cerebro filtrará ciertos olores que la futura mamá notará a conciencia, seleccionando los adecuados y rechazando los inapropiados. Así bailará el cerebro durante los tres primeros meses. El cuarto sin embargo, este cerebro caprichoso se estabiliza y ordena la estabilidad de las hormonas, produciendo más calma en la hembra. También apaciguará el vaivén  anímico que puede fluctuar y presentar variaciones relevantes.

El  “ya siento en el abdomen a mi bebé” llegará en el quinto mes donde una vez aplacados los circuitos del olfato, la sed y el hambre, se abre la puerta a los circuitos del amor. La mujer fantasea en cómo será su futuro retoño y anhela tenerlo en sus brazos.

Un regalo más en este periodo de gestación es el del tamaño y estructura del cerebro que, según los estudios, se encoge por algunas partes y aumenta en otras, todo y  que vuelve a la normalidad pasados unos seis meses después del parto.

Al final del embarazo, los niveles de estrés son elevadísimos pero milagrosamente la biología se encarga de que no actúen como tal para el bien de madre e hijo. Acercándose el momento del parto, los circuitos cerebrales maternos están en máxima alerta y la preocupación constante por la llegada del nuevo miembro de la familia ocupa la mayor parte del pensamiento de la mujer. En ese instante papá, conecta rápidamente sus circuitos cerebrales y se prepara para la meta.

Y Ahí se da el gran momento. La mujer rompe aguas y el cerebro de la misma se inunda de oxcitocina preparando al útero para presentar contracciones. Automáticamente el feto mandará señales al cerebro de mami y la progesterona descenderá rápidamente. En el momento del parto, se activan nuevos receptores y se crean nuevas conexiones neuronales. Seguidamente viene la euforia, producida por la oxcitocina, la dopamina y el incremento de los cinco sentidos. El bebé ya está  en brazos. A partir de ahí el cerebro femenino no será jamás como lo fue antes y el vínculo que se forjará será único, insustituible y para siempre.

Maravilloso, fascinante, prodigioso y extraordinario. Sin más palabras, porque se quedan cortas para describir tan preciado momento. El cerebro siempre es dueño, pero embarazado se pone el sombrero de copa y ordena elegante a su antojo. Eso sí, para encauzar a una mujer hacia la buena maternidad. Experiencia portentosa como ninguna, única e insustituible.

Bibliografía


El cerebro femenino. Louann Bizendine, Barcelona, 2008 RBA

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