lunes, 2 de junio de 2014

SÍNDROME DEL NIDO VACÍO: UNA CASA QUE PIERDE EL NOMBRE DE HOGAR


Y el pajarito alimenta a sus crías y éstas se nutren, son protegidas y crecen. Poco a poco desplegarán sus alas. Listas y a volar… Así es el llamado de la naturaleza y siendo nosotros un poco “animales”, compartimos similitudes, siguiendo el dictado de la evolución. En este caso, la psicología ha adoptado una buena metáfora para designar un síndrome común. Hablamos del conocido “nido vacío”, que sucede cuando el hogar lleno de padres e hijos, se vuelve despejado, dejando a solas a los progenitores y éstos desarrollan sensaciones  de soledad y sentimientos de tristeza. Una nueva etapa se despliega. Mientras los pequeños “vuelan”, los adultos de la morada guardan con resignación sus alas.

El síndrome del nido vacío, no solo conlleva la aceptación de que los hijos ya son mayores y están listos para encauzar una vida fuera del hogar materno. Además de eso, supone una etapa de replanteamiento, a una edad madura, donde se da cabida para la reflexión del curso de la vida y donde toca un replanteamiento de pareja.

Podríamos decir que el llamado síndrome es vivido con angustia. La pareja pasa por un periodo en el que se pregunta el sentido de utilidad y a menudo aparecen síntomas de tristeza, ansiedad, apatía y sentimientos de “pérdida”. Aunque las investigaciones indican que esto puede afectar a ambos miembros de la pareja, también se apunta a una mayor incidencia en mujeres. Esto puede deberse a una diferenciación a la hora de procesar la separación del vínculo y a una etapa donde la madre puede estar pasando por cambios hormonales como la menopausia.

La adaptación a una nueva manera de vivir no afecta a todos los individuos del mismo modo y dependerá de varios factores tales como la situación en la que se encuentre la pareja, la situación activa o no del terreno laboral, la edad de emancipación de los hijos, si hay o no más hermanos, la personalidad de cada cónyuge y su capacidad para afrontarse a los cambios…etc…En todo caso, sí que supone una transformación, tanto a nivel personal como a nivel marital.

Elevarse con otras alas

No todas las noticias son malas, para las parejas que se someten a un nuevo estilo hogareño sin los hijos dentro la morada, ya que esta también es una oportunidad de crecimiento importante, con ventajas para los progenitores. Por una parte la pareja puede pasar por una etapa de más unión. Juntos o por separado pueden emprender nuevos proyectos, hacer aquello que quedó parado tras la crianza de los hijos, redefinir aficiones y solidificar la vida en pareja. Investigaciones recientes, afirman que la satisfacción en la pareja puede llegar a mejorar mucho, tras la “huida” de los hijos en el hogar.

En caso de personas viudas o separadas es necesario plantearse este momento como una oportunidad de cambio y crecimiento. Buscar hobbies, promover la relación social, explorar espacios nuevos para canalizar la angustia, hacer nuevas amistades, hacer deporte… pueden ser buenos consejos.

Por otra parte hay que tener en cuenta que la relación con los hijos no termina y que solo es cuestión de encararla de diferente manera, la cual también puede ser muy positiva aunque los descendientes ya no habiten en el hogar conyugal. Hay estudios que hacen hincapié en la mejoría de las relaciones entre  padres e hijos si está relación ha sido satisfactoria los años antes.

En resumen; es normal que los padres pasen por un proceso de “duelo” y melancolía cuando los hijos “abandonan” el hogar familiar, pues han invertido psicológicamente mucha energía para el cuidado y bien de sus retoños, pero es muy necesario aceptar esta situación como una nueva etapa vital. Y no olvidar que NO los pierden, simplemente, cabe pensar que gracias a ellos han desplegado sus alas para seguir el mismo camino que hicieron años atrás, los miembros de la pareja.

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