domingo, 8 de marzo de 2015

¿HASTA QUÉ PUNTO SOY “EGOÍSTA”?


El ser humano tiene una habilidad especial para “flagelarse” cuando hace algo mal o cuando las cosas no salen como se las había propuesto. Sin embargo, no tiene la misma capacidad para felicitarse cuando hace algo bien, cuando consigue sus metas o cuando ha de hablar de sus fortalezas. Curiosamente cuando alguien se halaga a sí mismo, suelo escuchar previamente una justificación. Esto es; para decir que se es válido en alguna cuestión, en vez de decir “soy bueno en esto”, suele decirse; “no es por ser pretencioso pero esto lo hago bien” Me pregunto el por qué esa necesidad en muchas personas de justificarse ante aquello que hacen de manera excelente. Por otra parte, también es común oír; “no quiero ser egoísta pero...” y una vez más viene la defensa, como si tener amor propio fuera un delito psicológico. ¿Es malo reconocer las virtudes de uno mismo? ¿No es relevante pensar en el bienestar propio sin tener que sentirse mal? No solo es sano quererse a uno mismo y felicitarse cuando se hace algo bien, sino que además es sumamente necesario para nuestra vida.


Una línea difusa para el ojo ajeno

En primer lugar, creo que es relevante la distinción de conceptos. El aprendizaje social a menudo nos lleva al temor de ser tachados de narcisistas o vanidosos cuando hablamos bien de nosotros mismos o cuando hacemos algo que nos beneficia solo a nosotros. Sin embargo hay que saber que una cosa es ser endiosado o egocéntrico y otra es reconocer la valía personal, desde el respeto, el cariño y sin caer en la trampa del autosabotaje, ni del qué dirán. No hablamos de otra cosa que de la autoestima y el autorespeto, que a veces se confunden con la pedantería y el egoísmo. Autoestima, significa quererse a uno mismo, tal y como la palabra indica. Autorespeto, se define por el respeto a uno mismo y egoísmo, según declara la Real Academia Española indica “inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente el propio interés, sin cuidase de los demás” Dicho esto, la distinción está clara.


Una línea difusa para el propio ojo
Solemos caminar por la vida con un garrote pegado a nuestras espaldas. Nos movemos por la existencia entre nuestras propias creencias y la de los demás. Ante una decisión, conducta o acción, sopesamos nuestro criterio pero también el de los otros; “¿Está bien esto que hago o decido?” y a partir de ahí solemos entrar en un bucle de pensamientos, de entre los cuales dejamos de ser los protagonistas. Aparece la duda y la indecisión entre lo que quiero, necesito o me gustaría y lo que será aprobado por los que nos rodean. En consulta, suelo abordar mucho esta cuestión. Ejemplos del tipo; “me siento mal, quizás soy egoísta con esto”...o “no sé si hago bien porque sé que con esta decisión solo estoy pensando en mí”...o “siempre me preocupo por los demás ¿pero y yo?” son muy comunes. Y a partir de ahí no solo se genera ansiedad y tristeza sino que se desencadena la gran pregunta.


¿Hasta qué punto soy egoísta?
Ciertamente “nunca llueve a gusto de todos” y por lo que respecta a nuestras conductas esto no es menos. La aprobación y desaprobación de los otros está patente en cada paso que damos pero yendo más allá y por lo que refiere a una buena salud mental, lo que está claro es que uno debe vivir por sí mismo y no por lo que esperan los demás. Esto no quiere decir, que no tengamos en cuenta a nuestros semejantes pero sí que indica pensar en el modo en que podemos defender nuestros derechos, protegiendo nuestro espacio y nuestra valía cuando es necesario. Es importante atender nuestras demandas sin sentirnos mal por ello y siempre con respeto hacia los otros. Decirle a alguien que no puedes hacerle un favor en un momento determinado o expresar nuestras necesidades con asertividad, no es ser egoísta. Es practicar el autorespeto, como seres particulares que también somos. Vivir a merced de los otros nos genera malestar y vivir pensando que somos únicos también. La clave está en encontrar el equilibrio entre nuestras necesidades y las demandas de terceros.

Los puntos importantes a tener en cuenta, son preguntarse; ¿Qué es ser egoísta? Repasar el concepto en el que uno mismo lo define, nos ayuda a situarnos. ¿ Qué es lo que te hace pensar que eres egoísta en esta situación? Repasemos si el propio juicio viene dado por lo que se espera de mí o por lo que yo decido dar, una vez sopesadas mis creencias ¿Qué te lleva a sentirte de una manera o de otra al realizar tal acción? Visualicemos los pros y los contras ¿Cómo quieres vivir esta situación? Hacerlo con calma, con autoescucha y con fidelidad a los propios valores, teniendo en cuenta el autorespeto y el respeto ajeno, nos ayudarán.

La palabra egoísmo, es un término que se ha mal usado. No es lo mismo tener un exceso de egocentrismo y una habilidad pasivo agresiva para con los otros, que ejercer el derecho a preservar nuestro espacio cuando requerimos del mismo. Nos culpamos mucho por los debería que gestamos en nuestra mente. Lo importante es escucharse con detenimiento, sin flagelarse y utilizar la asertividad con nuestras acciones. Tú no eres más importante que yo ni yo más importante que tú. Los dos somos importantes y como tal, pongo límites cuando es necesario sin pensar que merezco menos. Y eso no es ser egoísta, es tener amor propio. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario