lunes, 14 de diciembre de 2015

¿SABEMOS DISFRUTAR SIN DINERO?



Tenemos, queremos y volvemos a querer. Sin darnos cuenta pasamos una gran parte del tiempo esforzándonos por conseguir aquello que ni siquiera necesitamos pero que de una manera ansiosa anhelamos. Y lo más significativo es que en ese proceso sufrimos. Sufrimos por obtener, por poseer objetos y pertenencias varias y creemos que alcanzar dichos artilugios nos traerá la dicha. Sin embargo, pocas veces reparamos en que la felicidad no estriba en lo que tenemos sino en lo que somos. Ciertamente el dinero nos da una seguridad para vivir pero también es cierto que a veces se convierte en una falsa seguridad cuando hacemos de él, el centro de nuestro goce y nuestro bienestar. ¿Se ha preguntado usted cuanto hace que no disfruta de algo que no requiere un consumo? En nuestra existencia materialista olvidamos a menudo que el verdadero disfrute dista mucho de nuestra relación con el dinero.


Hay cosas que no se pagan. Esto es; el amor, el cariño, una sonrisa, un abrazo, una compañía amigable...o cualquier otro sentimiento imperante en el corazón humano. De hecho, todas las cosas que sentimos nada tienen que ver, con ser más o menos ricos, sino con la percepción que tenemos a la hora de vivirlas. Pero de manera muy inconsciente a veces las relacionamos y limitamos nuestra fruición a la correspondencia con lo monetario. De este modo si no tenemos el suficiente dinero para gastar, a veces le decimos a un amigo que posponemos la cita para otro día, (como si disfrutar de su compañía requiriese del valor de un billete). De la misma manera encontramos el tedio cuando queremos hacer una celebración y no disponemos de medios económicos para ello (como si festejar estuviera directamente relacionado con consumir). Así; suma y sigue y la lista de ganas en hacer cosas se suma proporcionalmente a la lista de dinero del que disponemos. No nos damos cuenta, es algo casi automático y con ello hipotecamos nuestra felicidad y nuestras ganas se ven frustradas. Pocas veces pensamos que con dinero y festejando podríamos sentirnos igualmente solos, tristes o ansiosos. Sin profundizar, parece que el hecho de tener dinero vaya a quitarnos todos nuestros males emocionales. Hablamos entonces de una cuestión de concepción y en consecuencia de motivación, mal entendida.

El psicólogo Walter Riso, afirma que invertimos el 80% del tiempo en apegarnos a cosas inútiles, simplemente por el hecho de pensar que nos van a proporcionar felicidad. Es una cuantía potente y a mi entender preocupante. El célebre especialista, asegura que el error de este pensamiento reside en la educación y en la sociedad de consumo. Mientras en nuestra cultura lanzamos el mensaje de “no te rindas” o “puedes conseguirlo todo” en otras sociedades enseñan a perder y a saber aceptar esa pérdida sin que eso suponga una gran fuente de conflictos. “Tenemos que llegar a la felicidad de una manera más armoniosa y relajada”-asegura. El apego a lo material nos da una esperanza absurda. La gente también se apega a lo material y el apego corrompe.

LO MATERIAL COMO NECESIDAD VITAL

Más allá de las necesidades básicas humanas, sin las cuales moriríamos, los humanos somos expertos en crearnos necesidades irrelevantes. Cuando decimos que algo nos hace mucha falta o cuando anteponemos el deseo de obtener, convertimos aquello en imprescindible y por lo tanto sino lo tenemos sufrimos o descartamos opciones que no vayan ligadas a ello (como el caso de quedar con un amigo, aun y no teniendo dinero para un café) El apego a lo material se convierte en una necesidad y como cualquier necesidad entonces deja de hacerte libre y te produce dependencia y malestar.

Es importante cambiar la cantidad por la calidad. La calidad de cómo me siento, de lo que ofrezco como persona y no lo que puedo ofrecer por lo que tengo. Sería interesante que cada uno de nosotros reflexionáramos acerca de nuestro grado de calidad con nosotros mismos independientemente de si podemos o no comprarnos el último modelo de móvil. De la misma manera sería acertado que meditáramos sobre la relación entre nuestro grado de disfrute (con amigos, familia o solo) y el dinero que hacemos que lo acompañe.


En resumen; el quid de la cuestión no radica en tener para gozar sino en el goce por si mismo, en la actitud que ponemos a las cosas que vivimos, independientemente del dinero que poseamos, y en nuestra riqueza emocional para ser más o menos felices. ¿Sabemos disfrutar sin dinero? Vaya con su amigo a pasear por el campo, festeje una fiesta con ingenio y risas, regálele a su pareja algo hecho a mano, disfrute de su trabajo en el cual le pagan poco pero disfruta, siéntese, relájese y deléitese del placer de lo sencillo; así “desnudo” poniendo atención en todas sus sensaciones...sienta usted que lo tiene todo y que ese todo nace desde dentro. No falla ¿Por qué será que es más gratificante dar que recibir?

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