domingo, 1 de mayo de 2016

¿QUIERES UN CRÉDITO?: EL PRÉSTAMO (IN) FELIZ

 
“Dinero en cinco minutos…”, “llame ahora y dispondrá del crédito que necesite en el instante…”, “Tarjeta de crédito gratis…”,  “sin gastos de apertura…” son solo algunos ejemplos de los imputs que recibimos a diario. En la TV, en la radio, en las redes sociales…, incluso andando por la calle, encontramos la invitación al consumo innecesario. Gastar más de lo que se tiene y de lo que se puede, está tan interiorizado en nuestras mentes, que provoca que pocas veces reparemos en lo que eso significa. Es tal, el deseo de la adquisición económica actual, como método de socialización y autorealización,  que lo  realmente inquietante es que endeudándonos nos sentimos “felices” ¿Somos realmente conscientes del papel que juega el dinero en nuestras vidas?


Estamos inmersos en una sociedad donde la moda es apartar lo viejo y atrapar lo nuevo. Más allá de las necesidades básicas que hemos de cubrir para sobrevivir, y más allá de si lo viejo ya no nos sirve (o simplemente nos cansa) existe una tendencia inconsciente que nos impulsa al anhelo de la posesión. El grupo social nos da facilidades para ello. Podemos pedir créditos, pagar a plazos y disponer de distintas tarjetas para disfrutar de lo que se nos antoje. Una decisión nada indecisa, puesto que al tiempo, satisface dichas ansias de logro. Ahora bien, detrás de tanto crédito y de tanta ilusión ficticia, no solo se encuentra el compromiso con el banco, sino que también se halla un disfraz psicológico.

Hace tiempo que el sentido de la felicidad ha adoptado nuevas formas. El consumismo ha imperado como herramienta de consuelo y de solución a los problemas, aunque en realidad, tras el préstamo y el pagar por cuotas, nos estemos añadiendo más problemas y más infelicidad. Una paradoja extraña que nos sitúa en un punto extraño para nuestro bienestar psicológico. El consumo, no solo ha hecho que nos creamos más felices, sino que también se ha posicionado como un medio de socialización.  El dicho: “tanto tienes, tanto vales”, no se aleja de la realidad social. La construcción de nuestra identidad está adquiriendo un tono material.

Tristemente el crédito se ha convertido ya en un hábito que no invita a la reflexión pero que trae consecuencias en todos nosotros. En primer lugar por lo que supone a nivel social y en segundo lugar por lo que representa a nivel personal. Los estudios indican que el hecho de pagar con tarjeta de crédito nos aparta de la realidad (como si no estuviéramos gastando dinero actual) Esta conducta nos proporciona sentimientos de placer en el momento de la compra pero cuando llega el momento de pagar, lo placentero se torna doloroso y asociado a ello se desencadenan sentimientos de malestar, culpa y ansiedad. De ahí, que los mismos estudios indiquen que una persona está menos predispuesta a pagar cuando lleva dinero en efectivo que cuando lo hace con tarjeta de crédito. La baja autoestima es otro indicador de la deuda. Se afirma que las personas con menor autoestima, tienden a endeudarse más y a tener una compra más compulsiva. Tiene lógica si relacionamos la adquisición de lo material con el deseo inconsciente de llenar vacíos personales.

Pero no solo la baja autoestima es la responsable de caer en la trampa. El status social y el nivel de ingresos también son relevantes. De este modo, las personas con mayor número de ingresos y con status más alto son las que más se endeudan. Dittmar & Beatty(1998) ¿Contradictorio? Tal vez, significativo. Cuanto más se tiene, más se quiere…

El mercado se ha percatado de nuestra necesidad de obtener, y nos lo pone fácil. Andamos deprisa a diario, sin pararnos a pensar qué papel tiene el dinero en nuestras vidas. Estamos en el momento de la satisfacción inmediata pero al mismo tiempo (y no sé si somos muy conscientes) de la insatisfacción posterior a ella. Que cuando acabemos de pedir un crédito, nos sintamos contentos y aliviados, es un indicador de la importancia que le damos a nuestras necesidades. No hay nada malo en solicitar ayuda cuando se necesita, el problema es que la solicitemos a ciegas o arrastrados por una necesidad anhelada. Cuando realmente reparamos en lo que nos hace verdaderamente felices, nos damos cuenta que son todas aquellas cosas que no las paga el dinero. Para reflexionar…

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